La nueva vida de los más de 300 cachorritos radioactivos que aún habitan en Chernobyl

En abril de 1986, la planta nuclear de Chernobyl sufrió un desastre que forzó a miles de personas evacuar el lugar. Y, si bien muchos huyeron, la mayoría tenía prohibido llevar a sus mascotas, pues las autoridades aseguraron que estas habían sido afectadas por la radiación. Así fue como perros, gatos y otros animales tuvieron que ser abandonados mientras sus dueños dejaban la zona.

“Los gatos miraban a los ojos de las personas, sus perros aullaban, intentaban subirse a los autobuses. Mestizos, alsacianos. Los soldados los empujaban de nuevo, los pateaban. Corrieron detrás de los autobuses por mucho tiempo”, recoge el libro «Voces de Chernobyl», de Svetlana Aleksiévich.

Muchas de las personas se marcharon con la esperanza de volver a sus casas y reencontrarse con sus mascotas. Sin embargo, los niveles de radiación en el lugar eran realmente peligrosos y no aptos para la vida humana. 

Pero la mayoría no sabía esto e incluso dejaron notas en sus puertas pidiéndoles a los soldados que no mataran a sus amados animales y que también los alimentaran. Pero las órdenes de los altos mandos eran otras. 

Según relata «Voces de Chernobyl», las autoridades enviaron «escuadrones de liquidación» con la orden de matar a los animales, para así evitar que se propagara la radiación.

“Los perros corrían cerca de sus casas, cuidando, esperando que la gente regresara. Estaban emocionados de vernos, vinieron corriendo a una voz humana. Nos dieron la bienvenida. Les disparamos en las casas, los graneros, los huertos. Luego los arrastramos y los cargamos en los camiones. No fue agradable, por supuesto. No podían entender por qué los estábamos matando”, según el relato del libro.

Pero no todos los animales murieron.

Algunas de esas mascotas aprendieron a sobrevivir en ese lugar abandonado. Buscaban comida en pueblos y bosques cercanos, y también interactuaban con los soldados y trabajadores que construían el primer sarcófago de la planta nuclear.

La mayoría logró reproducirse y hoy en día, 30 años después, más de 300 perros habitan la «Zona de Exclusión». Pero su vida no es fácil, pues no tienen refugios apropiados y están expuestos a niveles de radiación que reducen su vida a no más de 6 años. 

Así mismo, los perros de Chernobyl son como cualquier otro. Comen, duermen y también juegan constantemente, con palos y bolas de nieve. Incluso con guías turísticos de la zona.

Por otro lado, muchos creen que estos perros son «radioactivos», pero no es así. Su organismo funciona como cualquier otro, pero sí su pelaje puede estar expuesto a radioactividad, aunque puede solucionarse. Es por esto que muchos de los guías turísticos les recomiendan a los visitantes no tocar a los perros, pues no hay cómo saber cuáles fueron monitoreados y cuáles no.

Pero no es que no reciban cariño. Los voluntarios de la fundación Clean Futures Fund instalaron clínicas veterinarias que cuidan constantemente de ellos y, además, les dan el amor que necesitan.

La misión de CFF es vacunar y esterilizar a los canes para evitar que sigan reproduciéndose y, así, darles una mejor vida. Para ello, capturan a los perros y los someten a análisis de radiación y luego los tratan.

Según Buzzfeed News, los perros son limpiados, vacunados y marcados con collares especiales equipados con sensores de radiación e incluso receptores GPS para mapear los niveles de radiación en la zona.

Gracias a la ayuda de SPCA International, la fundación Clean Futures Fund puso a más de 40 cachorros en adopción. Estos fueron examinados y su pelaje limpiado a fondo para poder cambiar su vida y tener una familia. Incluso algunos ya viven en Estados Unidos en sus nuevas casas.

Según CFF, muchos de los cachorros no saben qué son los juguetes y han pasado por etapas de entrenamiento y amor extra para poder llegar a su máximo potencial y vivir una vida mejor en sus futuros nuevos hogares.

Finalmente, CFF espera que en un futuro más cachorros salgan de Chernobyl y encuentren un hogar definitivo.